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El rock de los 80, en fotos de Andy Cherniavsky

En esta década, en Argentina la escena redefinió su sentido estético: Virus, Soda Stereo, Los Redondos, Sumo, Los abuelos de la nada... Muchos de los grupos incluidos en esta fotogalería recién empezaban y hoy resultan fundamentales para contar la historia; otros no sobrevivieron a 1989. 


Resulta que un día llega a mi casa Martín Caparrós con el vinilo de Vida, de Sui Generis, y dice: «¡Esto es una porquería!». Y lo tira. Y cuando se va, lo pongo y empiezo a entrar en un mundo de música que me vuelve loca." Así empieza la historia de cómo Andy Cherniavsky, una de las fotógrafas más importantes del Rock Nacional, se convirtió en lo que es. 

Desde finales de los 70 hasta hoy, Cherniavsky ha tomado algunas de las imágenes más iconográficas del género, muchas de ellas expuestas hasta el mes pasado en la muestra Rock and Roll Series organizada por Key Biscayne, que en los próximos meses llegará a los locales de la marca en Córdoba y Santa Fe. 

A pedido de Rolling Stone, Cherniavsky hizo una edición especial y extendida de ese material, enfocado en los 80, su década de hiperproductividad. "Me metía en todos lados", dice, "y un día, cubriendo un recital, vi la correa de la guitarra y la correa de mi cámara, y me di cuenta de que tenía un lugar. Yo no quería ser groupie, quería ser fotógrafa. Y lo logré".

Mirá la galería:

Calamaro, novio de Cherniavsky en esa época, en un hotel en Londres, en 1987 ("Fue un viaje de pareja, pero esta foto tiene algo muy rockero", dice ella)

Andy Con Charly, una década de jardineros

Charly y Cachorro López, Ferro, 1982 ("Yo estaba el día que a Charly se le ocurrió subir al escenario de Ferro en limo")

 Daniel Melingo, 1983

 Diego Frenkel, 1986
 
Divina Gloria, 1984 ("Divina estaba siempre producida, era una mezcla de Cyndi Lauper con Lady Gaga")

Federico Moura, 1988 ("Esta fue la última foto que le saqué a Federico. Ya se sabía que tenía algo. Hicimos la sesión y no hablamos")

Fito Páez, 1984

Hilda Lizarazu y Juana Molina, 1983

 Lebón en el baño, en Obras, 1981

 Lebón y Aznar, en el baño, en Obras, en 1981

Los Abuelos con Nina Hagen, Ibiza, 1984 (En Ibiza, los abuelos coincidieron en el estudio con Nina Hagen y cenaron todos juntos... muy juntos)

Luca Prodan, Rock in Bali, 1987

 Skay y el Indio Solari, Pub Caras más caras, 1987

 Soda Stereo, primer Obras, 1986

 Vicentico en su cama, 1988

Fuente: RollingStone Argentina
Fotos: Andy Cherniavsky

El reggae local tiene nueva sangre

La banda formada en el Liceo Francés explora el sonido jamaiquino de los años 60.


La historia de una banda de jóvenes que apenas pisan su segunda década de vida, que en una de esas noches con brillo son descubiertos por un productor que les ofrece grabar un álbum, se ha convertido en la actualidad casi en una leyenda, un mito que se transmite de boca en boca con añoranzas de un pasado que, Internet y declive de las discográficas de por medio, ya no volverá.

Pero aquí está Yataians -un grupo que con un pie en el pasado atraviesa el presente y se proyecta hacia el futuro con un sonido poco explorado por estas tierras- para certificar que no todo aquello se ha perdido.

"Nosotros ya estábamos grabando una especie de wanna be disco y en medio de ese proceso tocamos en Niceto, donde pasaba música Ivy, de Nairobi, y ahí nos vio y nos dijo: «Les grabo el disco yo». Nos propuso hacer el disco en tres días, pasarla bien, a la antigua", dice Facundo Rojo, que a los 23 años reparte su tiempo siendo el bajista de Yataians y dando clases de Filosofía Moral en la carrera de Derecho del Instituto Di Tella.

"Ya que un productor venga y te diga que te quiere grabar es muy a la antigua. Y además grabamos todo en vivo, al natural, con equipos analógicos en los estudios ION", completa. El resultado es O Tulop, el sorprendente debut discográfico del grupo, que rescata el rocksteady jamaiquino de los años 60, con fuerte tradición de tríos vocales.

Pero las particularidades de esta banda no quedan allí, ya que a pesar de su juventud la mayoría de sus integrantes tocan juntos desde hace una década, cuando descubrieron su pasión por la música mientras estudiaban en el Liceo Francés. "Jugamos al fútbol y tocamos juntos desde muy chicos, y eso se nota en la banda, sobre todo en la manera en que nos tratamos -asegura Rojo-. 

Humanamente nos llevamos muy bien y no nos estamos descubriendo mientras tocamos, porque nos conocemos desde hace mucho tiempo y la armonía entre nosotros fluye también en la música."

En este sexteto tampoco falta diversidad. A los cuatro jóvenes porteños (Rojo en bajo, Guido Loustau en voz y guitarra, Nicolás Gutiérrez en voz y percusión y Miguel Mactas en teclados) se les suman un baterista colombiano (Felipe Correa, el único extra Liceo) y un cantante y guitarrista francés, Ugo Tyburczy, nacido en Nueva Caledonia, un archipiélago del Pacífico occidental, quien se encargó de enseñarle al resto los discos de The Ethiopians, The Paragons y Derrick Harriott, entre otros cultores del género, que hoy la banda confiesa sin pruritos como influencia.

"En la Argentina el reggae tiene otro enfoque, más de canción, más moderno, con un sonido más actual, si se quiere", sostiene Rojo, y "Uguito" sin h remata: "Acá en los años 80 eran muy rockeros y recién en los 90 empezó a sonar el reggae. Por eso creo que no está muy explorado y es genial poder experimentar con el lado menos conocido del género. No hay muchas bandas de reggae que utilicen los coros y las armonías de voces".

-¿Qué le sumó Ivy, el productor del disco, a la banda?  

Rojo: -Con Ivy hablamos el mismo idioma. Teníamos bastante claro lo que queríamos y él entendió enseguida cuáles eran nuestras influencias y hacia qué estética musical íbamos. Grabar con un productor que sabe de reggae como él es muy grosso, porque uno toca y al mismo tiempo él tiene su rollo, no se limita a ejecutar la grabación, sino que en el estudio, fue un miembro más de la banda.

"Su música me hace sentir que hay futuro"

"Es una banda que toca desde el corazón, su interpretación del reggae es luminosa y esperanzadora", responde Ivy, el músico y productor al frente del grupo de dub Nairobi, al ser consultado sobre qué vio en Yataians para ofrecerles inmediatamente grabar su primer álbum con él. "Cuando los vi tocar por primera vez me sentí renovado -continúa-, son una banda que no le teme al aprendizaje. Yataians transmite vida a través de sus composiciones. En tiempos de confusión y caos es importante encontrar refugio en lo simple, y su música me hace sentir que hay futuro."
 
PARA AGENDAR
 
Yataians: junto a Carmel. Studio Crobar: Freyre y P. de la Infanta. Hoy, a la medianoche. Entradas hasta las 2, gratis, escribiendo a info@estamosfelices.com.ar

Por Sebastian Ramos  (LaNacion)

Fuente: LaNacion.Com
Foto: Web

Crítica

Dread Mar-I - Transparente. 


Reggae lover, entre la cumbia romántica y el bolero a contramano de la tendencia actual a grabar discos cada vez más cortos, Dread Mar-I se vuelve a despachar en Transparente con una veintena de temas (22, para ser exactos).

Con un pie en la cumbia romántica y otro en el bolero, Mariano Castro avanza con su bólido reggae al ritmo de los viejos y queridos lentos. 

Y, cuando acelera, como en "Aquella vez" o "Ave en vuelo", apenas llega a un midtempo perezoso. 

¿Comparte escudería con Los Cafres? Su último trabajo puede escucharse como una evolución en su carrera, aunque también marca la continuidad de ciertas líneas que se remontan a su debut con Jah guía (2005): la fe rastafari funciona como combustible espiritual y el desamor como motor creativo. 

Después del hitazo "Tú sin mí", Castro no sólo no se obsesionó con la búsqueda de su sucesor, sino que además parece marcar su estado actual con "Bien solo". 

Acompañado por Los Guerreros del Rey, deja fluir una nueva catarata de canciones que salpican una buena vibra apta para todo público.

Por Juan Andrade 

Críticas
  • Rolling Stone:
  • CGCWebRadio®:  



Fuente: RollingStone Argentina
Foto: Web
Video: YouTube/Canal de Dread Mar I - Oficial

Babasónicos en el Vorterix: arrogante rock

El grupo liderado por Adrián Dárgelos dio el primero de sus cinco shows íntimos en Colegiales.


En el 2002, mientras todo el país veía la manera en la que recomponerse tras una crisis económica y política, Babasónicos paladeaba las mieles de su esperado éxito tras más de diez años de intentar dominar olas contracorriente. Jessico, el álbum que los catapultó al estrellato local, salió en el contexto menos propicio: mediados de 2001, con una alarma financiera de fondo y el estado de alerta en cada rincón posible. Sin embargo, eso no quitó que a casi un año de publicado el disco, la banda comenzase a despedirlo con un ciclo de shows en el difunto El Teatro de Colegiales, mientras su popularidad ascendía meteóricamente. Que once años después, Babasónicos vuelva a ese escenario (hoy rebautizado Vorterix), hace que todo se sienta como el cierre de un ciclo.


La publicación de Jessico no sólo significó el ascenso meteórico del sexteto de Lanús, sino también el puntapié de una dinámica casi constante en sus listas de temas ante cada disco nuevo: lo que importa es el presente, y el pasado no es más que un recuerdo. Ajenos a esa lógica, en su primera presentación en el Teatro Vorterix (que repitieron el viernes 15 y ayer sábado 16, y lo harán nuevamente el 29 y el 30 de este mes), el grupo de forajidos liderado por Adrián Dárgelos hizo un sutil revisionismo histórico de su carrera que devino en una de sus performances más rockeras de los últimos tiempos.


"Calmado, matamos al venado", "Ciegos por el diezmo", "Fiesta popular", "El shopping" y "Once" ofician de carta de presentación e intentan revivir la estridencia que Babasónicos relegó en el último tiempo en pos de la sofisticación de su sonido. A este ritmo (acelerado), "Exámenes" funciona como una bocanada de aire frío previo a retomar las tareas. Dicho y hecho, "Luces", "Su ciervo" y "La mitad de mí" (un adelanto de Carolo, su postergado disco de inéditos de la época de Jessico) vuelven a mostrar que Adrián Dárgelos es el tipo adecuado para bajar el stoner al público masivo.


Acostumbrado a los grandes aforos, tocar en un recinto más acotado de lo que suelen manejar le permitió a la banda apelar al intimismo escénico a través de unos juegos de luces estratégicamente delineados (¿Cómo hacen para que ningún miembro reciba siquiera un ápice de iluminación en "Sin mi diablo"?) y una marquesina de leds atravesada por estrobos blancos de luz que amplió la paleta cromática justo cuando canciones como "Muñeco de Haití", "Deléctrico" y "Pendejo" lo demandaban.


Si bien Babasónicos acusa más de veinte años de carrera y su disco más transversalmente popular cumple once años en poco menos de un mes, Dárgelos evita el revisionismo histórico. Una vez pasado el furor, "Tormento", "El ídolo", "Yegua" y "Risa" retoman la dinámica más frecuente en los shows del grupo de Lanús: si lo que importa no es el ahora, al menos lo es el pasado más reciente. Siguiendo esa misma lógica, los bises ("Deshoras", "Putita" y "El colmo") le recordaron a todos los presentes que Babasónicos es, ante todo una banda pop. La promesa de una extensión en su visita al arcón de los recuerdos deja un gusto a poco, pero ¿acaso no fue esa la premisa de Babasónicos en todos estos años? Queda en cada uno pasar de largo o hacer caso al slogan de este ciclo y, como invoca la estrofa de "Fiesta Popular" dejarse influenciar por el caos. Y vaya que lo hubo en Colegiales.

Por Joaquín Vismara 



Fuente: RollingStone Argentina
Fotos: Tomás Correa Arce

Charly se desmayó en pleno show en Córdoba

Charly García se desmayó mientras tocaba el piano en pleno show en Córdoba. Sufrió una baja de presión y fue trasladado a una clínica privada de esa ciudad.


Cuando promediaba la primera hora de su show en el Orfeo Superdomo, Charly se desmayó en el escenario y el recital debió suspenderse.

A los pocos minutos, uno de sus músicos, Carlos García López, volvió a escena para informar que al rockero del bigote bicolor le había bajado la presión y que en breve el espectáculo se reanudaba. Esto ocurrió a las 22.50.

Luego Charly fue atendido en camarines y más tarde trasladado a un nosocomio de la ciudad.

José Palazzo, productor del show, publicó en su cuenta de twitter que: “Charly está bien, solo una baja de presión, estamos en camarines los mantengo informados”.

Más tarde, comunicó el primer parte médico:

jose palazzo  
         @josedpalazzo

"Charly se queda en observacion tuvo descompensacion esta estable y lucido próximo parte mañana..."

Fuente: lavoz.com.ar / Exitoina.Com
Foto: lavoz.com.ar

Crítica

Estelares: con el corazón en la mano.


"El amor nos vuelve felices" canta Manuel Moretti en "200 monos", gran canción torturada de Sistema nervioso central. "Solo el amor puede calmar este pesar" cantaría en la posterior "Máscaras". 

Los temas de Estelares ahondan en el amor como arma de doble filo, como sentimiento que puede salvarte o hundirte. Así, Una temporada en el amor juega con el título de la obra de Rimbaud no tanto como capricho sino como manifiesto: para Estelares, el paraíso y el infierno son dos caras de una misma moneda. 

Con su sexto disco, El costado de izquierdo (hermoso guiño a la enorme "El corazón sobre todo"), la banda encuentra el equilibrio, no hay cabida para la oscuridad abrumadora que podía aportar, por ejemplo, una canción como "Campanas" a SNC. 

Del mismo modo, Moretti ya no se regodea tanto en la melancolía tanguera de Una temporada en el amor, donde un vals como "Autobuses" hablaba de un hombre que perdía el brillo en simultáneo a perder a la mujer amada. 

En El costado izquierdo el brillo parece recuperarse (el mismo de la vieja y contundente "Pelotita de Pin Pon") a través de "Hasta que llegues" donde Moretti habla de cómo "siempre soñé tenerte aquí, sólo que no sabía vivir, y hoy al llegar te vi brillar, se desarmó el viejo disfraz". ¿Un gesto que evoca a ese cristal que se rompía o esas heladas máscaras de Una temporada en el amor?

Probablemente. Lo cierto es que El costado izquierdo sigue siendo el reflejo de un cantautor que contempla, porque las letras están teñidas de postales, de descripciones que juegan con lo locativo, como si en todos los discos los recuerdos siempre estuvieran ligados a lo geográfico, desde una Playa (Unión) hasta un viaje prometido a un país (Irlanda). 

"Mirando sin parar de mirar", en la voz de Ale Sergi de Miranda! en "Internacional" canaliza el planteo de Moretti tan bien como lo hace en vivo cuando lo acompaña en "Un show". 

Pero en El costado izquierdo también se encuentran esas destinatarias específicas ("Chica oriental", "Julia") a quienes se les habla de imágenes concretas (las fotos tomadas en abril, como esas fotos que se guardan en el placard de Una temporada en el amor ); y las canciones con porvenir de la vieja "Buri-Buri" las tenemos justamente en aquellos momentos en los que amar es sinónimo de sufrir, casi de manera indefectible, como en la hermosa "Casa por casa", donde ella decide cortar la cuerda y él decide lamentarse por "el pavor que causa el amor". 

Pero desde el momento en que se reversiona en clave murguera "El último beso" y en que el optimismo en la melodía de "Necesito" amortigua el mensaje ("he perdido toda mi fe, vuelve a casa por favor, que ya no se qué hacer") que sabemos que no estamos ante instantes de desolación como en "América". 

Por eso, quizás, "Islas" sea uno de los grandes temas del disco, porque ante la cavilación de si quedarse en un lugar o salir corriendo, la opción es armar un puente para que el miedo a vivir no pese tanto. La opción evidente es seguir adelante.

"No hay una sola razón para sufrir, las cosas siguen su curso como el Rhin" del recordado hit "Aire" se replica en lo que promete ser otro hit, "Doce chicharras", con ese "si no me hubiese hundido, hoy no hablaría del amor". 

En el medio se cuela "Aleluya", donde el dueto con Enrique Bunbury es tan perfecto como aquel con Pity en "Las vías del tren" y con Calamaro en "Moneda corriente", acá con el énfasis puesto en la belleza y en cómo el no poder verla es sinónimo de infelicidad (ecos a "Tanta gente"), tal como canta Bunbury con ese "me acostumbré a abandonar todo lo bello". 

El costado izquierdo sigue, como toda la discografía de Estelares, hablando de mujeres hermosas en la cornisa, de lo normal que es perderse cuando se ama, de uno como ave errante, de Rimbaud, del amor, del dolor. 

Y concluye con "Playa Unión" (un cierre reminiscente al mencionado "Un viaje a Irlanda"), donde se mira de cara al sol y se implora que se vea, como siempre, a un hombre que, aún a su pesar, quiere barrer con los disfraces y las máscaras, ofreciendo su propio corazón y -como bien muestra la tapa del disco- devorando también el ajeno.

Por Milagros Amondaray 


Críticas
  • Rolling Stone:
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Fuente: RollingStone Argentina
Foto: Web
Video: YouTube/Canal de tockadiscosargentina

Crítica

Daniel Melingo - Corazón y hueso
Random Records


Tangos orilleros, bien colocados y con lupa prostibularia. No hay restauración y mucho menos un intento por evocar los tiempos idos, Daniel Melingo hace rato que está escribiendo en tiempo real su propia versión rea del asunto. 

Pone mugre donde antes imperaban las tinturas, y mucho oficio de cantor oscuro para destrabar tanta impostación y desgarro infiel. Corazón y hueso es la última escala de un periplo que arrancó con Tangos bajos (98) y hoy triunfa en París sin disparar un solo sampler. 

Al frente de Los Ramones del Tango, una miniorquesta con guitarras sucias y la dirección de Rodrigo Guerra, Melingo firma letras carcelarias junto al gran Luis Alposta, salta del vals paródico ("La novia") a la milonga triste ("Ritos en la sombra") y captura a García Lorca en un tugurio de Atenas ("El paso de la siguiriya"). 

Desde la tapa, tremendo fotón del maestro Alberto García-Alix, hasta el glosario lunfardo que acompaña a las letras, todo Corazón y hueso es un documental del artista adelantado y sin paz.

Por Oscar Jalil 

Críticas
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Fuente: RollingStone Argentina
Foto: Alberto Garcia-Alix
Video: YouTube

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