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Los Decadentes en el Luna Park: la verdadera fiesta inolvidable

La gran banda argentina celebró sus 25 años de vida con invitados especiales.


A las diez menos diez de la noche del sábado, cuando faltan solo unos minutos para salir de allí y subirse al escenario de un Luna Park enfiestado hasta el cogote, el camarín de Los Auténticos Decadentes rompe el hervor. Adentro, entre gritos de vamos que venimos, Jorge Serrano responde preguntas a los movileros del último minuto mientras gana efervescencia un tráfico de personajes que son más que nada una sintomatología de la banda: el Facha Martel, Nino Dolce, Horacio Fontova, la Argentina que le gusta a la gente. Para cuando sonaron los primeros acordes de "Divina decadencia", Los Decadentes ya están en plena misa celebratoria por sus primeros 25 años en la ruta.


Dos horas de show no alcanzan para hacer entrar todos esos discos de todos estos años, pero sí para repasar el brevario de hits indiscutibles, indestructibles, hechos carne, que la cooperativa conocida como Los Auténticos Decadentes, banda de rock, ha ido inoculando en el sistema nervioso festivo de la Nación. Y como han decidido darle a este caos un orden y ese orden es cronológico, en el videoarte de la puesta se ven los números del año y el título del disco de la canción que comienza: "Entregá el marrón", "Vení Raquel" y "Loco (tu forma de ser)" le ponen a la noche su punto de partida.


El recorrido, sabrán, es predecible como es predecible una boda, un cumpleaños de quince, que arranca con la mesa de fiambres, baile, primer plato, baile, postre casata, baile y final con alguna que puede ser se viene el tutá tutá o la marca de la gorra o cómo me voy a olvidar, que es como ya sabemos que terminan las fiestas en este país, con una de los Decadentes poniendo a las tías vestiditas en Etam a revolear el cotillón.


El otro macro tono, por supuesto, es la canción midtempo de Jorge perro viejo Serrano, por momentos en diálogo con Dondald y el sucundúm del oleaje pero con otro hambre, otras ganas de llegar más lejos; una canción que por ser simple no es boba, ni por ser franca es elemental: ahí estuvieron la que dice que el pájaro vio el cielo y se voló, ese otro encantador artefacto pop con "Osito de peluche de Taiwán" y la cáscara de nuez en el mar y un dúo con un amigo de toda la vida, la bella y la bestia, que cada uno decida cuál es cuál: "Luna radiante", a dúo con Adrián Dárgelos.


"Si falta uno se nota, este es el engranaje perfecto", dijo Cucho Parisi en la mitad del show, y en esa línea condensó la historia de una banda que nunca se ha tomado las cosas en serio y que por eso mismo se ha quedado con el respeto indisoluble de tantos. En el final, ejecutada por doce tipos que andan en los cincuenta pirulos pero que nunca egresaron de su propia felicidad artística, ese himno caserito del adolescente que resiste en la adolescencia hasta las últimas consecuencias y canta que no quiere ir a estudiar, no quiere trabajar, no se quiere casar: quiere tocar la guitarra todo el día y que la gente se enamore de su voz.

Por Alejandro Seselovsky.

Fuente: Rolling Stone Argentina / Fotos: Paula Salischiker.

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